[the show must go on]
Hace un día horrible, de esos blancos, que el cielo parece un tubo de tungsteno sucio alrededor del que aletean pequeños insectos aburridos hasta de volar. Por cuestiones de coherencia, -término que dejó de estar en vigencia desde que se acuñó el de "posmodernismo"-, el mundo de hoy es una cocina destartalada, con la nevera vacía y las puertas de los armarios apenas colgando de sus goznes. Seguro que hay un tomate partido abandonado sobre la mesa de la cocina, una de esas mesas que llevan una plancha de plástico encima que imita las vetas de la madera.
Yo también he vaciado la nevera hoy, la de la casa de A. Ya no es tu casa, está tan vacía. Tanto que te eriza los pelos de la nuca y te da escalofríos. He llorado un poco cuando me iba. Hacía mucho
que no lloraba. Antes lloraba casi todas las semanas, como ejercicio de desintoxicación casi. Por necesidad casi, el motivo era lo de menos. Lo dejé cuando se convirtió más en un ejercicio que en una desintoxicación. Es importante valorar las lágrimas de uno, es una cuestión de respeto para con uno mismo. Y yo soy un caballero. Pero la casa estaba tan vacía y la comida tan podrida que no he querido evitarlo.
Tampoco he querido mirar la cama.
Dentro de unos meses yo estaré viviendo ahí, no lo quiero pensar. Ahora mismo no es mi problema. Sin embargo, tengo la sensación de que todo el mundo se va de esta jodida ciudad y lo peor del asunto es que no es una sensación, es un hecho. A. trajo tantas cosas a mi vida que me da miedo hablar de ello en voz alta: te lo has llevado todo dentro de los discos de Sabina, de lo libros de poemas, dentro de las cartas y del millón de mantas que a veces ni necesitábamos.
En tu casa han quedado medio centenar de botellas de cerveza vacías. Seguro que si acerco la oreja a alguna todavía se oyen nuestras carcajadas, mis orgamos, charlas de arte hasta altas horas de la madrugada; a lo mejor, hasta se oye la tele encendida de fondo.
Pero no me lo tengas en cuenta. Odio contar mis miserias, prometí no hacerlo, ¿cuándo me tiene que bajar la regla?
A la gente, por el contrario, le encanta escuchar las miserias de los demás, les encanta ver asomar la cabeza al pequeño héroe trágico que llevamos dentro. No sé si será porque su vida es aburrida o porque les parece importante que tú te hayas marchado a otra ciudad. Es como esa pena fingida de las amas de casa cuando un chaval se abre la cabeza en el asfalto: ella llora y se seca las lágrimas con la puntita del delantal, y se vuelve negando con la cabeza a la cocina a pelar patatas. Qué estúpida que es la gente.
Yo sabía que llegaría este momento cuando decidí irme a vivir sola. El momento en que la soledad me azuzara, que no hubiera nadie lo suficientemente cerca o lo suficientemente disponible (las 24 horas) para tocar a mi puerta.
De todos modos mi timbre está roto.
De todos modos yo me iré pronto de esta casa.
De todos modos tu casa está tan vacía.
De todos modos ahora no es mi problema.
Como si ahora viniesen a cobrarse los platos rotos de tantos momentos geniales, siento una suerte de justicia platónico-cristiana, el dedo acusador del Pantocrátor. Odio esos remordimientos inculcados. Lo que sí es cierto es que Algunas ausencias se sienten sordas ahora, como heridas de guerra.
Es lo que hay. Uno puede maquillar las cosas que le pasan, el pasado se puede retocar casi con photoshop. Pero el futuro llega y es inevitable, hay cosas que sabemos seguro que pasarán y yo tengo algunas intuiciones. Ahora hago cábalas en esta peregrinación por el desierto.
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muy bueno...
ResponderEliminarGracias por seguir aporreando mi puerta... yo estoy aquí, dispuesta a aporrear la tuya las 24h del día.
ResponderEliminarTe quiero, Manika.
Tengo ganas de verte.
Me ha encantado tu texto.
Acerca el oido a la botella mientras puedas.... oirás vuestras carcajadas, vuestros orgamos la tele de fond y seguro q tu movil sonando, soy yo, para decirte k te exo de menos. (O tu madre) jejeje.
Te quiero MANIKA