en el ep3!

Por fin lo pudo decir tranquila.
Está confirmado, mañana me publican
en el "EP3" -el semanario de "El País"-,
en la sección de "Talentoso de la
semana".
¡Óle!




DIA D

Me despertó esta mañana una llamada de teléfono: me había quedado dormida. En teoría -en una realidad alternativa donde hago las cosas como es debido y soy una persona responsable-, debía estar allí a las 7:30, pero sumaban 10 minutos más de la hora acordada y yo seguía revolviéndo sábanas y delirando sueños mitómanos.
Tuve pedir disculpas -a la enfermera y a las sábanas por abandonarlas de tan abrupta manera- y, sin ni siquiera ponerme el sostén, salir corriendo al frío de la mañana para buscar un taxi. En menos de 10 minutos estaba allí, me permití excusada en la urgencia la licencia poética de decirle al taxista que se quedara con la vuelta de mi billete. Novelé durante el camino sobre lo que pensaría aquel hombre de una chica joven y con mucha prisa que coge un taxi el domingo a tan intempestiva hora para las afueras.

Una vez dentro me hicieron pasar a un pequeño dormitorio y me pidieron que me desnudara. Era una de esas salas decoradas de manera que resulten lo más hospitalarias posible -una lamparita barata sobre una mesilla barata, un par de estampas de Monet en la pared, una moldura rosa pastel en la pared, junto al techo-, y que acaban resultando aún más desconcertantes porque se alejan de todo lo que uno espera de una clínica ginecológica.

En el quirófano, un médico de belleza pretenciosa -l'oreal paris men expert- me colocó el suero con más voluntad que fortuna. Pude ver como varios hilillos de sangre me resbalaban por el brazo antes de que el tipo consiguiera controlar la pequeña carnicería con esparadrapo. La sedación llegó antes de que me diera tiempo de hacer estadística de los resultados que se pudieran derivar de que aquel inútil con gomina doctor fuera a hurgar mis interioridades.
Lo siguiente que recuerdo es un "¿cómo estás?", y una respuesta ahogada por la risa floja de mi parte, "dormida, ¿hemos terminado ya?".

De vuelta al aséptico dormitorio, más suero, galletas de chocolate y un libro. Imagino que la enfermera se preguntaba porqué no le había pedido a nadie que me acompañara. No lo llegó a preguntar en voz alta y salió de la habitación dejándome a solas con Auster.

Entonces la espera. Algun dolor punzante en el estómago. Cerré el libro y me planteé la posibilidad de que algo hubiera salido mal, de que me desangrara allí en aquella cama horriblemente cursi y maternal, semi vestida con el desgastado fieltro azul de una bata de hospital. O de que me hubieran vaciado por dentro, dejándome infértil con 21 recién cumplidos. Contemplé la posibilidad de no tener nunca hijos; no soy la típica chica que dice que nunca los tendrá, simplemente es algo en lo que no pienso debido a mi clara falta de instinto maternal. Mientras algún pequeño hijo de vecino recibe una corte de atenciones femeninas, yo siempre me quedo en un discreto segundo plano.
Pienso en lo que dice Bukowski en "La senda del perdedor", algo así como que los niños están hechos para ser vistos, pero nunca oídos.
Pienso en si mi altruista ovúnculo llegará a convertirse en una personita, si se parecerá a mí, si sus padres le contarán que es en un 50% genéticamente igual a una desconocida. Y si, en ese caso, se preguntará como soy; como en esas películas tan malas de sábado tarde en telecinco.

Luego la enfermera llega, me tiende un cheque y me acompaña a la salida. Yo dejo de pensar gilipolleces y me vuelvo andando a casa, con la satisfacción del trabajo bien hecho.





Feliz domingo, señores.

ONANISMO II

Mi problema fundamental es que
soy terriblemente vaga hedonista.


UNDER CONSTRUCTION



Con la esperanza puesta en el Paseo de los Tristes.
Los días huelen sobre todo a aguarrás.



LUIS GARCÍA MONTERO

[o los héroes contemporáneos]

Se abre la veda: el departamento de literatura de Filosofía y Letras ha aumentado su radio de acción a la palestra nacional, y de él han salido en desfile circense todos sus entrañables personajes. El señor Luis García Montero abandera la procesión, sentencia en mano y puño levantando en defensa de la libertades, propias y ajenas; seguido de Fortes, el revisionador marxista, el juez Torres y la larga comitiva de indignados sedientos de revancha.

Yo me pregunto de qué tanto alboroto. Hasta qué punto incumbe a la opinión pública que estos dos literatos no hayan sido capaces de refrenar su disgusto el uno por el otro y hayan convertido los juzgados en un patio de colegio. Un ring de boxeo en el que ya no sabemos si se discute la gravedad injuriosa de la palabra "perturbado", la defensa de la figura de Lorca tal como se entiende y se prestigia masivamente en Granada, una formación alejada del sectarismo para los alumnos de estos dos reverenciados señores, las disputas entre Góngora y Quévedo o sabe Dios si la dudosa existencia de un señor llamado "López de Vega".

Y es que cuando el prestigio literario entra por la puerta, el sentido común salta por la ventana. García Montero alega que ya ha aguantado sufientes impertinencias en referencia a las ya archicomentadas opiniones de Fortes acerca de la condición política de Lorca y Ayala, o de las sentimentalidades de Egea y los otros. Saca la chequera y se va con la cabeza alta; dice que recurrirá tan sólo si con ello "puede abrir un debate acerca de la libertad de expresión". Que a él, vamos, ni le va ni le viene.
Él publico emocionado se levanta y lo corona de laurel en una estampida entusiasta y sin frenos. Nadie se para a pensar que este señor es un poeta endiosado del olimpo literario, de feria y enchufismo, como cualquier otro. Con sus luces y sus sombras y que, al fin y al cabo, ha quemado etapa y tiene sus planes y su familia en la capital.


Nuestro adalid de la libertad bien podría haber echado mano de oficio para sumar en sutileza e ironía para su columna y ahorrarnos esta pelea de gallos tan innecesaria.
O tan entretenida, según como se mire. Porque es casi enternecedor ver como se nos olvidan los grises. Como la masa polariza cuando necesita fabricar héroes, aunque luego el resultado tenga ya poco que ver ni con García Montero ni con Fortes ni con sus trapos sucios.





EL VIOLINISTA

El violinista se ha mudado a mi barrio: justo a la vuelta de la esquina, junto a la óptica. Lleva toda la semana despertándome siempre con la misma sonata, que sólo se me ocurre que haya podido copiar de una peli de Fellini o de una reunión familiar de la camorra napolitana.
Cada día lo ves apostado en el mismo sitio, aporreando el violín gastado, tan estropeado como el dueño. Si te concentras los puedes fundir a ambos en un mismo elemento que chilla como un gato apaleado.


El violinista no sabe que todos los días se cuela por mi ventana, se funde con la luz cálida que se filtra a través de la cortina y me golpea con ese puñetero violín hasta sacarme de la cama. Y yo me levanto resignada, sabiendo que llevaré todo el día la cancioncilla grabada en el seso.

Dentro de unos años o unos meses, cuando ya no viva en Granada, puede que recuerde al violinista viejo, con su trasto y su pelea de gatos. Entonces también recordaré mi dormitorio, con la luz cálida, la cortina hortera y la enorme cama. Mi té de la mañana, mi tocadiscos y mis pinturas. Mi café de media tarde, mi videoclub favorito y mis fotos recién reveladas. Mi vino de la noche, mi colección de Corto Maltés y mis horas de vigilia. Y la gente que ha pisado este apartamento maravilloso y todo lo que me ha pasado aquí.
Entonces, me gustará recordar la sonata del violinista viejo.


ONANISMO

[una idea sobre el arte]

Si alguien me preguntara "qué es arte" le diría que es como la libido.
Todos la tenemos, pero unos la utilizamos más y mejor que otros.



HORAS BAJAS



En la depresión del monedero, que sufre una crisis de identidad porque siempre está vacío.
En los locales que cierra y en las obras paradas al mediodía.
En las colas en los bancos y en las pescaderías; en el tráfico de la rutina obligada, calculada para pensar poco.
En los currículos pegados en plena calle, junto a una chica preciosa riñendo por teléfono a su madre.
Pienso en sí serán felices los transeúntes en las horas frías.

En la mitad ociosa de la tarde.
En lo feas y aburridas que son las donantes de óvulos, invariablemente desproporcionadas, que se amontonan en la sala de espera.
En los escaparates que se ofrecen con la sonrisa celestina de una puta vieja.
En la tele encendida y apagada como un intermitente. Encendida de nuevo -cuándo dos nutrias se follan en un charco de la dos-.
En el tintero que me mira de reojo y se autodestruirá en unos segundos, cansado de esperar.
En la gripe que se ciñe al cuerpo como un vestido ajustado.
Pienso en cuando acepté la derrota de las horas largas.

En la noche que se acumula temprana sobre los tejados: se hace hueco entre las palomas y las chimeneas.
En el café caliente de la cocina que huele a alegrías gastadas por los bordes.
En el sexo húmedo de una cama vecina que suda y que grita; en las sábanas que yo revuelvo mientras leo nada y todo oscurece.
En que a la casa le salen brazos y me acaricia de a poco.
Y en que la nostalgia es mala compañera pero acompaña al fin y al cabo en las horas bajas.