Mis miedos en bandeja, cual carne de cañón. Todos llevamos dentro un pequeño Sr. Gris, inevitablemente. Voilá tout.
El hombrecillo gris entró en la impecablemente blanca sala de espera. De carácter algo apocado, se arrellanó en una butaca, también blanca, de la esquina. Al rato, cuando nadie miraba, se hizo con una de las revistas de la mesita, que hojeó sin prestarle atención hasta que la regordeta enfermera lo llamó al despacho. Entonces su preocupación se evidenció aún más.
Asomó la cabeza por la puerta blanca. -¡Sr. Gris! Pase, pase… ¡no se quede ahí hombre! Tome asiento – dijo señalando con un gesto desenfadado una silla frente a su mesa.
Así lo hizo sr. Gris, ya del mismo color de la puerta, y miró con sus profundos ojos azules, algo caídos y enrojecidos (no se sabe si de susto o de cansancio) a Doctor.
Doctor era en verdad un tipo extraño, vestía de blanco de los pies a la cabeza, confundiéndose con la estancia y con su piel del mismo tono, apenas si se sabía donde acababa y donde terminaba gracias a sus ojos chicos de azabache que relucían con un brillo feroz e inescrutable.
- Mire, sr. Gris lo he hecho venir para hablarle de los análisis que se hizo el mes pasado, me ha parecido conveniente comunicárselo en persona debido a la gravedad de la situación- Sr. Gris tragó saliva. - Sr. Gris… se está usted muriendo.
Sr. Gris mudo de impresión, abrió los ojos como platos y agarrándose a la silla, se llevó la otra mano al corazón.
- Pe-pero… habrá algo que pueda hacerse, ¿no?
- Hombre, tanto como algo… veamos, es que creo que no me he explicado con claridad – Gris levantó mucho las cejas – Usted no se muere… es una parte de usted la que, irremediablemente me temo, se está muriendo a marchas forzadas… aquí, en este mismo instante. Su alma: se muere señor Gris.
Sr. Gris tardó unos instantes en reaccionar… - ¿Mi alma se muere…? ¡mi alma se muere!... ¿cómo ha podido ocurrir algo así?
El doctor clavó sus ojillos en Gris y exhaló todo el aire, dijo muy serio: - Eso, debería saberlo usted mejor que yo.
- ¡Ay!, pues yo no me dado ni cuenta- replicó el otro- ¿se trata de algo genético?
- No.
- ¿Un virus?
- No
- ¿Una alergia?
- No
- Mmmm…-Sr. Gris pareció dubitativo por unos instantes- ¿…quizá una enfermedad de transmisión sexual?
- Definitivamente, no- respondió Doctor y Sr. Gris se dejó caer meditabundo y abatido en su butaca.
-No se como ha podido ocurrirme algo así…a mí.
Se hizo el silencio.
- Tranquilícese, sr. Gris… -éste lo miraba con los brazos cruzados sobre el pecho y cara de disgusto- ¡Ea, que no es para tanto, hombre! Fíjese en lo que le voy a decir, usted no es el primero ni será el último al que le pase algo así…
- ¿Ah, no?- musitó el otro.
- Que noooo…. Esto es muy frecuente en los tiempos que corren. –Sr. Gris alzó la vista- El porcentaje de defunciones de almas ha ido subiendo exponencialmente durante los últimos años.
- ¿Y no hay ninguna posibilidad de recuperación, Doctor?
- Me temo que no. Tal vez si la hubiéramos cogido con algo más de tiempo… Es que su alma enfermó hace ya largo tiempo, sr. Gris. – Su paciente lo miraba atentamente, con el ceño fruncido, en un esfuerzo de comprensión- Me explico…
Doctor se levantó, en clara actitud expositiva, y empezó al deambular por la sala.
- Mire, como norma general esta enfermedad se genera en la adolescencia incipiente, cuando el esquema mental de sujeto cambia de forma radical y se inicia un proceso de capacidad de realización. Para que usted me entienda, –dijo al ver la mueca de estupefacción de su cliente- esto sucede cuando se empieza a dejar “soñar porque sí”, y tenemos que empezar a convertir nuestros sueños en realidades o…
- ¿O…?
- Sr. Gris he estado examinando su caso… En concreto, el primer síntoma apareció en la adolescencia, cuando renunció por vez primera a su faceta de soñador incurable para salir con chicos y chicas de su edad, y empezar a entablar relaciones vacías y absurdas basadas en las apariencias - Sr. Gris le lanzó una mirada de reproche, claramente ofendido por esta aseveración- ¡No, se preocupe hombre, esto le pasa a todo el mundo!
- El caso es, -continuó- que con actitudes como esta usted ha ido privando a su alma de alimento, ha ido olvidándose de ella poquito a poco… Ninguna de las veces que la ha herido o abandonado en mayor o menor medida han sido decisivas para llegar a su estado actual, quizá por eso ni siquiera se haya percatado de lo ocurrido. Ha ido cayendo en una espiral de la que ya, desafortunadamente, no puede salir. Su alma está herida de muerte, sr. Gris.
- ¡Vaya, hombre! - Sr. Gris empezaba a entender lo irrevocable de su situación.
- Mire, pongamos un ejemplo, verá como comprende perfectamente lo que le quiero decir: a ver, ¿qué estudios tiene usted?
- Pues… estudié biblioteconomía y documentación…
- ¡Ajá!, ¡ve como tengo razón!... sea sincero sr. Gris, ¿eso es lo que usted realmente deseaba hacer?
Sr. Gris titubeó, pero Doctor lo miraba fijamente y no pudo escapar al su mirada inquisitiva
- Pues…la verdad es que yo…-miró a suelo- yo siempre quise ser bailaor de flamenco…
- ¡Ve!, tenía que haber hecho lo que le pedía su alma… Eso fue una espinita que le clavó seguro. Al igual que todos los sueños que no cumplió por miedo o porque se vio absorbido por la rutina, o todas las oportunidades que dejó escapar. Todas las personas que alguna vez amó y dejó marchar, - Sr. Gris exhaló entonces un largo y doloroso suspiro- todas las veces que planificó su existencia al dedillo… Todas las veces que se calló algo que sentía que tenía que decir, las veces que escogió el camino fácil, que se quedó nadando en la superficie, que decidió regirse por lo preestablecido y no ser usted mismo…todas esas veces, ni una más ni una menos, han aquejado a su alma de esta enfermedad crónica.
Sr. Gris permaneció callado, una lágrima resbalaba por su mejilla, y por un momento comprendió lo que había hecho consigo mismo. Aunque, desgraciadamente, era incapaz de sentirlo en toda su magnitud, porque su alma estaba moribunda. Lloró, no porque le dolía algo en su interior; lloró porque ciertamente, le habían dado una noticia muy triste (como cuando ves una “peli” de esas de llorar): Lloró por una persona que nunca se atrevió o tuvo tiempo de haber conocido, a sí mismo.
…Un dolor lejano.
- ¿Y como haré ahora para seguir adelante, Doctor?- sollozó el pobre Gris
- ¡Ahh, que buena pregunta!…mire, para que nos entendamos usted puede seguir “adelante”, con su vida como hasta ahora…pero, le voy a recomendar muy severamente que no vaya hacia “adentro” suya… Siga su rutina, su trabajo, su día a día, pero ya no se moleste en mirar a su interior, porque lo que vería lo dejaría en un estado depresivo pudiéndole acarrear graves consecuencias, sr. Gris. -Doctor lo miraba muy serio.
- ¿Y no la echaré en falta, …a mi alma?- la mirada del sr. Gris se había quedado colgada del vacío, parecía recordar.
- No, sr. Gris. Apenas notará usted su falta, ¿sabe? En su caso, la enfermedad se mantendrá ya en una situación estable si sigue mi recomendación. Es como si le hubieran extirpado el apéndice, ¿me entiende usted?
Sr. Gris asintió en la misma expresión ausente.
- Una pregunta…-Doctor reclamó su atención, pues pareció no quedase conforme con la reacción de Sr. Gris- ¿echa usted de menos a su prima Angelines?
- Pero, si yo no tengo ninguna prima Angelines…-dijo el hombrecillo, que de repente parecía aún mas poca cosa.
- Pues, esto es lo mismo. Usted no puede extrañar algo que nunca se molestó en conocer.
El rostro de sr. Gris contenía una expresión de incredulidad, como si hubiera recibido, de hecho, un golpe inesperado. Parecía como paralizado en el tiempo, sin saber muy bien qué hacer o cómo reaccionar ante la asoladora profundidad de los acontecimientos que le habían sido revelados.
- ¡Ande, anímese hombre! Vaya y cómprese una bonita corbata gris que le haga juego con ese bonito traje gris y tranquilícese, que no es para tanto.- dijo Doctor al ver es desconsuelo de aquél.
El hombrecillo, pobre sr. Gris, salió de la consulta esbozando una sonrisa de cortesía: algo se había terminado de quebrar en su interior:
- Buenos días, Doctor.
- Buenos días, sr. Gris.
Al cerrar la puerta, Doctor chasqueó la lengua, negando con la cabeza, y anotó en el expediente:
“Hora de la defunción del alma: a la salida de la consulta, 11:11. Una hora gris.
Pobre señor Gris, que no supo mirar adentro de sí”.
FIN.