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Con la esperanza puesta en el Paseo de los Tristes.
Los días huelen sobre todo a aguarrás.



LUIS GARCÍA MONTERO

[o los héroes contemporáneos]

Se abre la veda: el departamento de literatura de Filosofía y Letras ha aumentado su radio de acción a la palestra nacional, y de él han salido en desfile circense todos sus entrañables personajes. El señor Luis García Montero abandera la procesión, sentencia en mano y puño levantando en defensa de la libertades, propias y ajenas; seguido de Fortes, el revisionador marxista, el juez Torres y la larga comitiva de indignados sedientos de revancha.

Yo me pregunto de qué tanto alboroto. Hasta qué punto incumbe a la opinión pública que estos dos literatos no hayan sido capaces de refrenar su disgusto el uno por el otro y hayan convertido los juzgados en un patio de colegio. Un ring de boxeo en el que ya no sabemos si se discute la gravedad injuriosa de la palabra "perturbado", la defensa de la figura de Lorca tal como se entiende y se prestigia masivamente en Granada, una formación alejada del sectarismo para los alumnos de estos dos reverenciados señores, las disputas entre Góngora y Quévedo o sabe Dios si la dudosa existencia de un señor llamado "López de Vega".

Y es que cuando el prestigio literario entra por la puerta, el sentido común salta por la ventana. García Montero alega que ya ha aguantado sufientes impertinencias en referencia a las ya archicomentadas opiniones de Fortes acerca de la condición política de Lorca y Ayala, o de las sentimentalidades de Egea y los otros. Saca la chequera y se va con la cabeza alta; dice que recurrirá tan sólo si con ello "puede abrir un debate acerca de la libertad de expresión". Que a él, vamos, ni le va ni le viene.
Él publico emocionado se levanta y lo corona de laurel en una estampida entusiasta y sin frenos. Nadie se para a pensar que este señor es un poeta endiosado del olimpo literario, de feria y enchufismo, como cualquier otro. Con sus luces y sus sombras y que, al fin y al cabo, ha quemado etapa y tiene sus planes y su familia en la capital.


Nuestro adalid de la libertad bien podría haber echado mano de oficio para sumar en sutileza e ironía para su columna y ahorrarnos esta pelea de gallos tan innecesaria.
O tan entretenida, según como se mire. Porque es casi enternecedor ver como se nos olvidan los grises. Como la masa polariza cuando necesita fabricar héroes, aunque luego el resultado tenga ya poco que ver ni con García Montero ni con Fortes ni con sus trapos sucios.





EL VIOLINISTA

El violinista se ha mudado a mi barrio: justo a la vuelta de la esquina, junto a la óptica. Lleva toda la semana despertándome siempre con la misma sonata, que sólo se me ocurre que haya podido copiar de una peli de Fellini o de una reunión familiar de la camorra napolitana.
Cada día lo ves apostado en el mismo sitio, aporreando el violín gastado, tan estropeado como el dueño. Si te concentras los puedes fundir a ambos en un mismo elemento que chilla como un gato apaleado.


El violinista no sabe que todos los días se cuela por mi ventana, se funde con la luz cálida que se filtra a través de la cortina y me golpea con ese puñetero violín hasta sacarme de la cama. Y yo me levanto resignada, sabiendo que llevaré todo el día la cancioncilla grabada en el seso.

Dentro de unos años o unos meses, cuando ya no viva en Granada, puede que recuerde al violinista viejo, con su trasto y su pelea de gatos. Entonces también recordaré mi dormitorio, con la luz cálida, la cortina hortera y la enorme cama. Mi té de la mañana, mi tocadiscos y mis pinturas. Mi café de media tarde, mi videoclub favorito y mis fotos recién reveladas. Mi vino de la noche, mi colección de Corto Maltés y mis horas de vigilia. Y la gente que ha pisado este apartamento maravilloso y todo lo que me ha pasado aquí.
Entonces, me gustará recordar la sonata del violinista viejo.


ONANISMO

[una idea sobre el arte]

Si alguien me preguntara "qué es arte" le diría que es como la libido.
Todos la tenemos, pero unos la utilizamos más y mejor que otros.



HORAS BAJAS



En la depresión del monedero, que sufre una crisis de identidad porque siempre está vacío.
En los locales que cierra y en las obras paradas al mediodía.
En las colas en los bancos y en las pescaderías; en el tráfico de la rutina obligada, calculada para pensar poco.
En los currículos pegados en plena calle, junto a una chica preciosa riñendo por teléfono a su madre.
Pienso en sí serán felices los transeúntes en las horas frías.

En la mitad ociosa de la tarde.
En lo feas y aburridas que son las donantes de óvulos, invariablemente desproporcionadas, que se amontonan en la sala de espera.
En los escaparates que se ofrecen con la sonrisa celestina de una puta vieja.
En la tele encendida y apagada como un intermitente. Encendida de nuevo -cuándo dos nutrias se follan en un charco de la dos-.
En el tintero que me mira de reojo y se autodestruirá en unos segundos, cansado de esperar.
En la gripe que se ciñe al cuerpo como un vestido ajustado.
Pienso en cuando acepté la derrota de las horas largas.

En la noche que se acumula temprana sobre los tejados: se hace hueco entre las palomas y las chimeneas.
En el café caliente de la cocina que huele a alegrías gastadas por los bordes.
En el sexo húmedo de una cama vecina que suda y que grita; en las sábanas que yo revuelvo mientras leo nada y todo oscurece.
En que a la casa le salen brazos y me acaricia de a poco.
Y en que la nostalgia es mala compañera pero acompaña al fin y al cabo en las horas bajas.