
En la depresión del monedero, que sufre una crisis de identidad porque siempre está vacío.
En los locales que cierra y en las obras paradas al mediodía.
En las colas en los bancos y en las pescaderías; en el tráfico de la rutina obligada, calculada para pensar poco.
En los currículos pegados en plena calle, junto a una chica preciosa riñendo por teléfono a su madre.
Pienso en sí serán felices los transeúntes en las horas frías.
En la mitad ociosa de la tarde.
En lo feas y aburridas que son las donantes de óvulos, invariablemente desproporcionadas, que se amontonan en la sala de espera.
En los escaparates que se ofrecen con la sonrisa celestina de una puta vieja.
En la tele encendida y apagada como un intermitente. Encendida de nuevo -cuándo dos nutrias se follan en un charco de la dos-.
En el tintero que me mira de reojo y se autodestruirá en unos segundos, cansado de esperar.
En la gripe que se ciñe al cuerpo como un vestido ajustado.
Pienso en cuando acepté la derrota de las horas largas.
En la noche que se acumula temprana sobre los tejados: se hace hueco entre las palomas y las chimeneas.
En el café caliente de la cocina que huele a alegrías gastadas por los bordes.
En el sexo húmedo de una cama vecina que suda y que grita; en las sábanas que yo revuelvo mientras leo nada y todo oscurece.
En que a la casa le salen brazos y me acaricia de a poco.
Y en que la nostalgia es mala compañera pero acompaña al fin y al cabo en las horas bajas.